Las selfies y la vanidad

Hace unos días, un matrimonio polaco falleció al caer desde un acantilado mientras pretendían sacarse una selfie durante sus vacaciones en Portugal. Mirándose a sí mismos para exhibirse ante los otros no vieron al acantilado, sus hijos, de cinco y seis años los vieron desbarrancarse.

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En Sitges, Barcelona, cinco personas se hirieron, tres de gravedad, al caerse de un balcón cuando también intentaban sacarse una selfie apoyados en una baranda, la cual ante el peso conjunto de quienes se fotografiaban se derrumbo.Es como si el mundo, la naturaleza, el entorno se tomara venganza cuando lo ignoramos. Es más seguro no perder de vista lo que nos rodea, ahogándonos en nuestra propia imagen.

Las selfies, es ese recurso maravilloso para cultivar el narcisismo por otros medios, nos accede a capturar fotografías para mostrarnos y mostrar nuestro propio rostro, y ensimismarnos.

Las selfies son una felicidad y a su vez lo contrario, son vitales o letales.

A veces revelan sin anestesia la soledad de quien se la ha tomado. Además, hay selfies grupales, las cuáles de pronto pueden ser cómicas o tontas. Todo es un juego de miradas. Quien se mira se deja ver, son espejos mágicos. Son espejos reversibles.

La selfie es una instrosprección a la que se arriba por el retraimiento. La maleabilidad externa del propio rostro exhibe la interioridad y por eso hipnotiza y acelera la revolución indisoluble del narcisismo y además del fotoperiodismo.

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